Barbarie en el Mediterráneo
- 26 dic 2018
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Actualizado: 22 mar
Llego del trabajo por la noche, cansado como de costumbre. El día ha sido caluroso y agitado. La producción sigue aumentando y, en el sector, los líderes andan con los ánimos agitados. Nadie quiere llevar la contra. Todos simplemente se dedican a trabajar. En la planta, cuando llega una orden, no se cuestiona, solo se asiente y se ejecuta. En algunas fábricas japonesas mantienen aun esa cultura en el nivel operativo. Pocas veces se consulta si se tiene una opinión propia de las decisiones que vienen de arriba. Por suerte, esto ha ido cambiando los últimos años, según el entorno laboral. Quizá es la misma disciplina o una forma silenciosa de presión. Se ven casos de personas muriendo por exceso de trabajo, pero nadie habla de ello abiertamente, menos en las noticias. Lo irónico es que, en otros países en vías de desarrollo, mueren las personas justamente, por lo contrario: por no tener trabajo.
No me he acostumbrado del todo a ese ritmo tan robótico y cuadrado, donde uno tiene que callar y asentir a lo que diga el superior. Tal vez sea el sector en el que trabajo, o quizá la propia naturaleza de la fábrica. Si aparece algún desperfecto, lo informo para que lo arreglen y sigo trabajando en lo mío. Además, ¿quién escucharía a un joven de veinte años, extranjero, que apenas se defiende con el idioma japonés?
En la soledad del apartamento, caliento arroz del día anterior, abro una lata de atún y sirvo agua caliente en un cup ramen. Acomodo todo sobre la pequeña mesa de madera, separo los palillos de madera y pongo en mi celular el programa de Jaime Bayly.
No doy tres sorbos a la sopa de camarones cuando Bayly anuncia una noticia indignante. En pantalla aparece el titular: “Barbarie en el Mediterráneo: números de la vergüenza”. Él continúa explicando que una de las tantas embarcaciones africanas que intentaron cruzar ilegalmente las fronteras más cercanas, no pudieron hacerlo. Tenían más de un mes en altamar, de un país a otro, sin que nadie los reciba. España primero anunció que los acogería, pero luego se retractaron. Así continuaron, sin poder arribar a ningún puerto. Mientras tanto, se quedaron varados sin comida y sin agua. A las personas que fallecían las colocaban en botes apartes sujetados por una soga a la embarcación principal.
Finalmente tuvieron que regresar de donde partieron. Las cámaras internacionales captaron la llegada de la embarcación. Había una clara desesperación, las personas intentando bajar a los niños, a los adultos débiles y a sus muertos. Entre tantas imágenes, resaltó la de un joven moreno, sentado a un lado, observando el caos. Apoyaba la quijada en la palma de su mano, mirando con profunda tristeza o decepción, a su alrededor. Quizá por tener que verse volviendo de donde partió o, quizá por haber cruzado el Mediterráneo solo para encontrarse con la indiferencia humana que gobierna el mundo.
Su pensamiento estaba ahogado de resignación, había sentido en carne propia el egoísmo por un territorio, la miseria de la especie humana. El cierre de las fronteras, dejándolos morir de hambre y sed, en una precaria embarcación. Su mirada era tan profunda y perdida en sus pensamientos, que bastaron unos segundos para no volver a dejar de pensar en todo ello. La comida se enfrió. Fui a tomar una ducha helada. Me meto a la cama y consigo conciliar el sueño. El rostro del joven africano vuelve una y otra vez. No vuelvo a dormir en toda la noche. Inquieto, en medio de la madrugada, me siento a la orilla de la cama y solo puedo recordar el poema “Los heraldos negros” de César Vallejo. Cierro los ojos, y lo repito una y otra vez. Duele, pero lo repito en silencio. Cuando abro los ojos, ya es de día. Estoy más cansado que el día anterior y con la mirada de aquel muchacho en mi mente. Me alisto para ir nuevamente al trabajo.
En el camino hacia la fábrica, manejando bicicleta, recuerdo dos líneas en particular del poema de Vallejo:
“... Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”.
Esas líneas se repiten una y otra vez. Y aparece la mirada del joven africano. Siento que de alguna manera debo despojarme de esa noticia. Tengo que quitarme esa imagen para conciliar el sueño y, no volver a pasar el insomnio de aquella madrugada.
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