Perdido
- 5 nov 2013
- 2 Min. de lectura
Actualizado: hace 5 días
Caminaba distraído por el parque, cerca de casa, sin rumbo. Algo perdido. La mañana ardía, el sol de verano hacía escasas las sombras en la calle. Los gastados colectivos pasaban haciendo el ruido áspero de los motores antiguos y oxidados. En las esquinas, las bolsas de basura reflejaban una sociedad tardía, un gobierno lerdo y una conformidad inquietante.
Un anciano se acercó a las bolsas de basura al lado de la pista. Tenía un viejo costal en los hombros, ropas viejas y desgastadas. Desaceleré el paso. El señor tomó unas botellas plásticas, unas cajas de cartón y unas latas de leche vacías. Su rostro estaba manchado de grasa o suciedad, sus manos toscas temblaban ligeramente. Unas gotas de sudor resbalaron por su rostro mientras se agachaba a rebuscar en otra bolsa de basura. Me detuve. El señor me miró brevemente y siguió con lo suyo.
Al otro lado de la calle había una pequeña bodega. Me dirigí hacia ella con más ánimo. Compré una botella de agua, un tarro de leche y unos panes. Mientras esperaba mi pedido se acercó un señor extravagante y en estado de ebriedad, con un perfume intenso, una camisa de colores encendidos y una cadena de oro en el cuello. Pidió dos botellas de ron y una cajetilla de cigarros. Lo saludé con un “buenos días” y respondió amablemente, aunque con la lengua enredada. La señora me alcanzó mi pedido y me fui.
Caminé hacia el anciano. Estaba sentado en la vereda, con su costal casi vacío y la cabeza inclinada, como decaído. Pensé en lo cansado que debía estar aun empezando el día. Probablemente había pasado la madrugada perdido en las calles, buscando algo de comer. Al acercarme, noté como si estuviese leyendo algo. Le pregunté si podía sentarme a su lado. Asintió sin ánimo y me senté. Le dije que era la primera vez que lo veía por la zona. Respondió que estaba algo confundido, lejos de los barrios donde suele recorrer. Le ofrecí agua, pan y leche. Alzó la mirada y me dio las gracias. Luego, me preguntó si yo también quería alimentarme. Le dije que no era necesario, que hacía poco había desayunado. Me miró profundamente, y con una mirada compasiva me dijo:
—Alimentarte de verdad, de La verdad, de la Palabra.
Vi que sus manos toscas y sucias sostenían una biblia. Entonces entendí, que era yo quien estaba perdido.
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