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Pintura polaca

  • 23 mar 2017
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: hace 1 día


—¿Y eso? —pregunté sorprendido.

—¿No te gustó? —replicó ella.

—No es eso. Solo me sorprendió ese beso.

Se acurrucó a un lado de la cama sin dejar de observarme. Como una gata mirando a un pequeño ratón. Colocó las yemas de sus dedos fríos sobre mi pecho descubierto y cálido.

—Solo quería robarte un beso —dijo, mirándome fijamente.

—¿Sabes cuál es el séptimo? —pregunté.

Frunció el ceño.

—¿El séptimo? No entiendo —dijo Miyuki.

—No robarás.

Reímos, lo entendió al instante. Me sorprendió que siendo japonesa supiese sobre los Diez Mandamientos.

—Qué bobo —susurró con cariño.

Se levantó de la cama sin cubrir su figura desnuda y caminó hasta la mesa de noche, tomó el cenicero y lo colocó al lado mío. «Caray, cómo supo que quería fumar», pensé. Observé su delgada figura, sus pequeñas curvas de pintura polaca. Su tez blanca como la nieve que gobernaba afuera. Su cara de nena de sonrisa dulce y envenenada, y sus ojos marrones oscuros que no dejaban de vigilarme.

—¿Te alcanzo los Kent? —preguntó.

—Sí, por favor —le dije, acomodando mi cabello alborotado.

Tomó la cajetilla cerca de su cabecera y me la alcanzó. Se recogió el cabello en una cola de caballo sencilla y se acomodó sobre una almohada.

—¿Cómo es que sabes sobre los mandamientos bíblicos? —pregunté, mientras encendía un cigarrillo.

—Ya sabes, estuve en Italia. Vivimos un tiempo con mi abuela.

Miyuki era de padre japonés y madre italiana. Había crecido una parte de su infancia en Italia y el resto en Japón.

—Sí, pero ¿cómo es que sabes sobre Los mandamientos? —preguntaba mientras golpeaba el tabaco en el cenicero.

—Cuando viví en casa de la abuela, ella me los enseñó. Ella era católica, muy católica. Siempre me leía un cuento bíblico antes de dormir. Es raro… luego cuando vine aquí, no se me olvidaron. Ya sabes, acá todos son ateos o budistas. Mi padre, por ejemplo, es budista, o eso creo.

—Uhm... entiendo, ¿y tú qué eres? —pregunté.

—Una chica, solo soy una chica.

Ella sonrió y devolví la sonrisa. Me miró un poco desconfiada, como si tuviese que dar una respuesta correcta. Finalmente dijo:

—Creo en un dios y en un destino. Pero somos demasiado pequeños para saber quién es ese dios o cuál es ese destino.

—Agnóstica —sentencié.

—Supongo que sí...

Pasamos un rato revisando los celulares. Nada importante. Había un silencio cómodo en la habitación. No había nada aparentemente fuera de lo normal, excepto por una notificación en mi Facebook. Me habían etiquetado. Abrí sin pensar demasiado… y cerré la plataforma de inmediato. Era una foto perturbadora, demasiado violenta para esa hora de la mañana. Volví a entrar, eliminé la etiqueta y bloqueé a la persona que me había etiquetado en aquella imagen. Quise borrarla de mi mente, pero fue imposible. Era un joven torero, que había sido atravesado sin delicadeza en el trasero, por el cuerno de un toro. Lo había atravesado de lado a lado. La cara de dolor del joven era desgarradora. Me quedé con el celular en la mano, la mirada perdida en alguna parte hasta que la pantalla del celular se apagó.

Miyuki se paró y aún desnuda caminó por la habitación, abrió el frigobar, tomó un agua helada para ella y una Coca-Cola para mí. Subió a la cama con sus pies ligeramente sucios y puso la bebida cerca de mi cabecera. Ella me miraba jugar con el celular apagado, con ambas manos, mientras yo seguía pensando en el dolor del joven torero. «Mierda... pobre chico», pensaba.

—¿Se te acabó la batería del celular? —preguntó ella.

—No, no. Solo que me habían etiquetado en una foto… bastante desagradable.

—¿Qué tipo de foto?

—Un toro incrustando su cuerno en un torero, por el trasero. Mejor no verla, es bastante desagradable.

—Muéstramela —pidió.

Busqué en Google la noticia, la encontré fácilmente y se la mostré. El rostro de Miyuki se perturbó.

—¡Pobrecito, su cara de dolor! Qué horrible que alguien muera de esa manera —dijo, aún con el rostro desencajado.

—Sí, aunque no creo que haya muerto. Tal vez ha quedado cojo o inválido, igual no creo que le queden ganas de volver a torear.

—Pobre… deberían sacrificarlo.

—Igual va a morir, sino lo sacrifican los torturan y luego los matan —repliqué.

—Sí, aunque la carne que comemos todos, igualmente son de animales que han sido torturados y sacrificados. Y nadie dice nada.

—Es cierto Yuki, pero eso no debería darnos la libertad de torturarlos por entretenimiento.

Inclinó la cabeza, como buscando una respuesta.

—Uhm... —apretó los labios suavemente.

—Además —agregué—, el arte no debería de ligarse al sufrimiento. El dolor de una persona a veces genera arte. Pero producirle sufrimiento a otro ser vivo para generar arte, me parece un oficio innoble.

—Pero es parte de la cultura y tradición de algunos países —alega Miyuki.

—Podría hacerse la exhibición de valentía. El torero frente a la bestia pero sin tener que torturarlo.

—Entiendo tu punto… —dijo ella arreglándose una vez más el cabello.

Cambiamos de tema mientras nos arreglábamos para ir a tomar el desayuno. Nos duchamos por separado. Ella tomó un baño de agua tibia. Yo tomé un baño de agua caliente, muy caliente, como acostumbro en el invierno. Ella se maquilló ligeramente. Yo intenté peinarme con crema para el cabello, aún con el cabello mojado, fue un desastre. Nos vestimos con la ropa del día anterior y salimos de la habitación. Bajamos los siete pisos en ascensor hasta el primer piso, y nos indicaron que el restaurante del hotel se encontraba en el segundo. Nos animamos a subir por las escaleras. Los detalles dorados en las paredes color melón del hotel resaltaban una cierta elegancia. El restaurante de estilo norteamericano era acogedor. El desayuno era bufete, así que, cogimos las bandejas de comida y nos servimos de todo un poco. Ella colocó ensalada, frutas y yogurt. Siempre cuidando su figura con comida saludable. Por mi parte, coloqué algunos panecillos, carne guisada, huevos revueltos y jugo de naranja. Había muy pocas personas en el lugar. Nos sentamos uno al costado del otro, en la zona de fumadores, al frente de la ventana que daba hacia la calle principal. Afuera la nieve parecía no haberse derrito ni un centímetro. Los carros cruzaban a menor velocidad de lo normal. Era una mañana fría y lenta. Nosotros devorábamos el desayuno.

—¿Me podrías traer otro de naranja? —pregunté.

—Claro —dijo, cogiendo mi vaso.

Una pareja de japoneses nos miraba con curiosidad. Les sonreí amigablemente. Se avergonzaron y agacharon la cabeza, no volvieron a levantar la mirada de sus platos. Miyuki trajo la naranja y un platito con pan y mantequilla.

—Gracias, pero estoy casi lleno.

—Es para mí —dijo, colocando el panecillo en su lado.

—Sí que estás con hambre.

—Un poco, mañana sigo con la dieta.

—Un poco de pan no te va a hacer nada, incluso creo que estás exagerando con la dieta y el gym.

—Claro que no, Kamilo. Apenas estoy empezando —afirmó sin dudarlo.

—Bueno... como gustes —dije, entendiendo su entusiasmo por el gym y la dieta.

Hace unos meses, ella se empeñó en desarrollar un cuerpo de latina, en dar más volumen a su trasero y piernas. Todo surgió desde que me preguntó qué fisionomía me atraía más, si de las latinas o asiáticas. Le respondí que me gustaba el cuerpo de las latinas, pero con la personalidad de las japonesas. Desde entonces, se propuso ir al gimnasio hasta conseguirlo. Le dije que no era necesario, que ya tenía un buen cuerpo. Por supuesto, no me hizo caso. Se inscribió en un gimnasio cerca de su casa y empezó hacer una dieta enfocada en desarrollar masa muscular en las piernas y caderas.

Por mi parte, continué con mi pobre rutina semanal de ejercicios: me ejercitaba solo dos veces por semana, más por recomendación médica que por voluntad propia. Aunque cada vez me costaba más sostener ese ritmo, sobre todo por las doce horas diarias de trabajo en la oficina. Ella, en cambio, se volvió estricta con ese asunto. Y, después de varias semanas, me dijo:

—Me gustaría que me dibujaras.

—Sabes que no me gusta dibujar por encargo.

—Lo sé, pero me he esforzado mucho para tener este cuerpo.

—¿Quieres que te dibuje de cuerpo entero?

—Sí, no me he esforzado por nada. Además, ya has estado practicando. Los dibujos que me has mostrado, la chica esa de la playa, te ha quedado bien.

—No son dibujos en serio, apenas son bocetos.

—Bueno, pero ¿lo harías?

—Lo pensaré —dije, sin tomarlo en cuenta.

—Promete que lo vas a pensar.

—Sabes que apenas estoy aprendiendo. Me tomaría mucho tiempo, y no me gusta regalar los pocos dibujos que hago.

—No te preocupes, te lo puedes quedar. Lo que quiero es que me dibujes, pero te lo puedes quedar —insistió.

—Lo pensaré —mentí.

Hacía casi un año, me había propuesto aprender a dibujar en serio. Y no quería distraerme de las clases virtuales que estaba tomando. Sin embargo, había algo en Miyuki que me llamaba la atención, tal vez era su determinación. Cuando le mostré algunos dibujos antiguos y bocetos recientes, se sobresaltó, se interesó por el cuaderno de dibujo, las hojas sueltas con garabatos, pero en particular, con el dibujo de una chica sentada en la playa. Y bromeó con la idea de dibujarla. Hizo poses graciosas simulando ser una modelo de pasarela.

—Promételo —dijo ella.

Sonrío, y comienzo a plantearme si debo retratarla o no. Siempre me ha costado dibujar a una persona cuando me lo exige. Quizá por la imposición o el miedo a fallar.

—¿Cómo quisieras que te retratara?

—Como las que me mostraste, del pintor polaco.

—¿Cómo las pinturas de Damian Klac…? —pregunto, enredándome con el apellido del pintor, Damian Klaczkiewicz.

—Sí, ése mismo.

—Pero sus pinturas son de desnudo.

—Sí, hazme un retrato así.

—Podría ser. He estado estudiando justo la parte anatómica femenina.

—Sí, sí, un retrato así sería perfecto. Ahora, estoy en mi mejor forma —dijo entusiasmada.

—Lo pensaré —dije, pensando si realmente podría dibujarla desnuda.

Siempre me había rehusado a dibujar algo para alguien cuando me lo imponían. Quizá antes no me sentía lo suficientemente preparado como para hacer un retrato. Sin embargo, llevaba meses practicando sin parar, estudiando a diario las sombras, el manejo del grafito, las líneas y otras cosas sobre el manejo del carboncillo, que me hacían sentir más seguro de hacer mi primera obra de arte, en serio. Hasta ese momento solo había hecho dibujos sin ninguna preparación académica. Tenía cuadernos con dibujos de caricaturas, rostros de famosos más o menos reconocibles, entre otros dibujos por diversión. Pero un buen día, me propuse aprender de verdad sobre arte. Así que comencé a seguir a profesores de dibujo y a estudiar sus técnicas. A través de cuentas de arte y canales de Youtube.

Solo sabía una cosa: no podía perder lo esencial, no podía obligarme a dibujar algo que no me motivara o algo que no me generara la inspiración de hacerlo. Siempre he pensado que no se debe forzar la inspiración, el pulso o la complicidad. Ni tampoco debo priorizar a nadie por encima de lo que quiero plasmar. Cuando se trata de arte creo en la libertad plena para hacerlo. No encuentro sentido en el arte forzado, sería tanto como un animal punzado una y otra vez para deleitar a unos cuantos. ¿A eso se le podría llamar verdadero arte?

—Me he esforzado mucho yendo al gym, y quiero un recuerdo mío, así no me lo des —dijo, mirándome como una pequeña felina.

—Está bien, esta vez, lo pensaré en serio —dije honestamente.





Mujer joven desnuda en una pintura dibujo
Alrededor no hay nada

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